El mal necesario
El Señor de la Guerra es una de esas pocas perlas que nos ha dejado la filmografía de Nicolas Cage post-Oscar. Mucha gente no lo recordará, pero sí, Nicolas recibió un Oscar en su día. El reconocimiento parece que tuvo el efecto secundario de provocarla una incapacidad alarmante para elegir buenos papeles y sus películas desde entonces fueron terribles. Salvo contadas excepciones, como El Señor de la Guerra. Lo siento para el que no la haya visto pero es el final lo que me interesa comentar aquí. Tras 100 minutos de trama en que se nos presenta al protagonista, Cage, llegando a la cima del tráfico de armas, por fin las autoridades logran hacerse con él. Parece que su exitosa carrera ha llegado a su fin y pasará el resto de sus días pintando rayas en una pared, cuando una llamada de las altas esferas exige su inmediata liberación. Cage explica a su incrédulo captor que alguien tiene que hacer lo que él hace, alguien tiene que mover esas armas y no puede ser el gobierno directamente.
Jeffrey Epstein ha vuelto a ocupar un espacio en las tertulias con la victoria de Trump. Mucha gente espera que ahora que Donald ha vuelto al poder y además cuenta con el control no solo de la presidencia sino también de las dos cámaras legislativas, descubra realmente toda la verdad de este caso.
Dudo que esto llegue a pasar. La muerte de Epstein se produjo durante la primera presidencia de Trump y bajo la supervisión del fiscal general de EEUU elegido por Trump. La muerte en sí fue sospechosa, por decirlo de alguna manera. El tipo debía estar encerrado con un compañero de celda para evitar intentos de suicidio. Además debía ser visitado cada 30 minutos por un guardia y el lugar estaba vigilado por dos cámaras de seguridad. El suicidio de Epstein se produjo en un momento en que no tenía compañero, los dos guardias se quedaron dormidos y las dos cámaras dejaron de funcionar por problemas técnicos. Ya es casualidad, oye, pero quiénes somos nosotros para juzgar el azar.
El fiscal general en ese momento era William Burr, hijo de Donald Burr. Burr senior fue, fíjate cómo el mundo es un pañuelo a veces, quien dio su primer trabajo a Jeffrey Epstein en los 70. Este Burr era el rector de una escuela pija estadounidense, la Dalton School, un colegio para la progenie de los ricos e influyentes. Además de dirigir el colegio, por las tardes escribía novelas de ciencia ficción. Historias espaciales, más o menos. Imagina Star Trek pero la élite espacial además de controlar la paz y el orden en el universo abusa sexualmente de razas alienígenas que consideran inferiores. Space Relations fue su principal trabajo.
En sus labores de rector supervisó la contratación de Jeffrey Epstein como profesor de matemáticas. Sorprenden un par de cosas aquí, la primera que un tipo que se dedica a escribir novelas eróticas donde predominan los abusos sexuales llegue a rector de una escuela; y la segunda que apruebe la contratación de Epstein como profesor de matemáticas en una escuela top que podría coger a cualquiera, habida cuenta que Epstein nunca llegó a obtener el grado de licenciado en matemáticas pues lo dejó antes. De nuevo, el azar obra de maneras inexplicables.
Poco duró Epstein en el puesto. Por lo visto recibió varias denuncias por “comportamiento inapropiado” con las niñas de la escuela y fue despedido por “mal rendimiento”, que imagino sonaba menos problemático. Pero el flirteo de Jeffrey parece que dio sus frutos pues el padre de una de las alumnas recomendó que lo contratasen en el banco Bear Sterns como asistente junior. Rápidamente ascendió a trader de opciones y aún más rápidamente acabó en el departamento de “productos especiales” para clientes high net worth. Los ricos, vamos. Tan solo 4 años después de entrar en el banco lo hicieron socio y al año siguiente lo echaron por una violación de las regulaciones bancarias. Hay tantas que tampoco se le puede culpar.
Y aquí empieza lo bueno.
Este estudiante de matemáticas que dejó la carrera, este profesor despedido y ex-socio de Bear Sterns decide montar su propio hedge fund y lo abre únicamente a multimillonarios. Milmillonarios, mejor dicho. Se jacta de rechazar trabajar con inversores que traigan solo unos pocos cientos de millones y dice centrarse únicamente en mega ricos (Ana Obregón sale en un sumario, curiosamente) y gobiernos.
En este punto necesitamos arrojar luz sobre los “productos especiales” en los que Epstein trabajaba mientras estuvo en Bear Sterns.
En el momento de su muerte, se estimó su riqueza en $560 millones, aproximadamente. Además, tendría la consideración de gran propietario de acuerdo a la legislación española, ya que poseía entre otras cosas un palacio en el Upper East Side de Manhattan valorado en $50 millones, una mansión en Florida, un rancho en Nuevo México y un par de islas en el Caribe valoradas en casi $100 millones. Esos productos que ofrecía Epstein debían ser realmente muy especiales para generar este nivel de riqueza.
Más aún si tenemos en cuenta que nadie en Wall Street ha sido capaz jamás de encontrar a alguien que invirtiera su dinero con la firma de Epstein. Un fondo que de acuerdo a los sumarios del caso solamente gestionaba él. Jeff y entre 20 y 150 tipos que se encargaban del back office. Preguntado al respecto, Douglas Kass, un gestor bien conectado en Wall Street afirmó lo que cualquiera podría sospechar: “Es muy difícil ganar cientos de millones operando en Wall Street sin que nadie se entere”.
Sobre el papel, el negocio en el que se especializó Epstein fue la “mitigación fiscal para grandes cuentas”. Este era el objeto de esos “productos especiales” que empezó a tratar al final de su estancia en Bear Sterns y supuestamente esto es lo que se dedicó a hacer una vez que se lo montó por su cuenta.
Según esta versión, tendríamos que creernos que un tipo con un fondo de inversión unipersonal dedicado a la optimización fiscal generó cientos de millones en comisiones gracias a dos o tres clientes que por alguna razón decidieron que su riqueza estaría más a salvo en el fondo de este chaval con menos de un año de experiencia real en el sector que en un gran banco. Y cuando digo riqueza, lo digo literalmente. El “mejor cliente” por llamarlo de alguna manera de Epstein fue Leslie Wexner, multimillonario dueño de la marca Victoria’s Secret -la realidad supera a la ficción- quien durante dos décadas dio plenos poderes a Jeffrey para que gestionase su dinero y activos. (¿Qué lleva a un multimillonario empresario a dar plenos poderes al gestor de un fondo?).
Para los conspiracionistas que no se creen la versión oficial se abren dos opciones no excluyentes. Epstein ganó su dinero a base de la extorsión o, -la que me ha motivado a escribir este artículo-, lo obtuvo mediando en operaciones de blanqueo de capitales. Esta segunda vía, además de ser menos turbia, nos encamina a la teoría que quiero compartir.
Si algo hemos visto en la carrera de Epstein hasta los años 90 es que es eficaz a la hora de hacer contactos y consigue el favor de personas con una posición política y económica privilegiada. Esa capacidad le llevó a conocer y trabajar directamente durante su tiempo en bear Sterns con Edgar Bronfman, cliente con quien siguió trabajando a su salida del banco.
¿Y quién es Edgar? El presidente de Seagram, empresa que conocerás si eres amante del gintonic.
Pero más allá de ser la empresa que permite el cocktail inglés por excelencia, es una compañía que hace décadas era una de las empresas líderes en la industria. Concretamente, su momento de más brillo fue durante la prohibición del alcohol en EEUU. Te podrías preguntar ¿cómo puede una empresa vivir su mejor época durante la prohibición del producto que vende? Resulta que Seagram es una empresa canadiense y, por tanto, no se vio directamente afectada por la Ley Seca. Además, gracias a contactos con empresas de distribución estadounidenses subterráneas (la mafia) de la noche a la mañana se hizo con el negocio de proveer de alcohol a los americanos que no aceptaron la prohibición. No hay estadísticas oficiales, claro, pero se dice que Seagram introdujo en esos años casi la mitad del alcohol que se vendió en EEUU. Y a buenos márgenes, me figuro.
Ese fue de sus primeros clientes, una empresa con históricos lazos con la cosa nostra. Una vez montado por su cuenta, encontramos al menos otro cliente sospechoso y un interés amoroso que también podemos escudriñar.
El cliente al que me refiero fue Adnan Kashoggi, intermediario en la transferencia de armas estadounidenses de Israel a Irán en el marco del conflicto Irán-Contra en la década de 1980. Este fue el traficante de armas más conocido con el que trabajó, pero también estuvo relacionado con Douglas Leese, un contratista del Ministerio de Defensa de EEUU.
Aunque si hay un personaje peculiarmente poderoso y relacionado con el tránsito de información, armas y tecnología entre países que no tienen una relación comercial establecida para ello, ese sería Robert Maxwell.
Maxwell tuvo hasta cuatro nombres a lo largo de su vida y una curriculum difícilmente replicable. Entre sus logros que más relevantes me parecen está el ser la persona que creó el sistema de publicación científica como lo conocemos hoy. Si a veces te preguntas por qué parece que “la ciencia” se mueve como dirigida por incentivos difícilmente comprensibles, Maxwell montó ese sistema y se lucró enormemente por ello. Pero lo que nos interesa para este relato es su relación con Israel y la ayuda que como intermediario ofreció durante toda la Guerra Fría a este y otros países. Y por “ayuda”, me refiero a la capacidad de comerciar con artículos que no encontrarías en un supermercado. A pesar de ser oficialmente un empresario del sector editorial, fue enterrado en un lugar privilegiado de Israel, su funeral fue atendido por varios jefes de estado de ese país y del Mossad (la CIA de Israel) y las palabras del entonces presidente de Israel fueron: “Robert ha hecho más por Israel de lo que hoy puede decirse”.
El azar quiso que la amante durante muchos años de Epstein fuera la hija de Robert Maxwell, Ghislaine Maxwell.
La conclusión a la que quiero llegar es que Jeffrey Epstein, un multimillonario que nadie sabe cómo hizo su riqueza, estuvo durante toda su vida muy relacionado con empresarios y personajes involucrados -supuestamente pues nada está probado- en el movimiento de armas y la financiación de grupos con objetivos cuestionables. Actividades en ambos casos que, como la mafia o el narcotráfico (con los que también se relacionó), generan un subproducto que debe ser gestionado: el dinero negro.
Para cerrar mi argumentación, concluiría con unas declaraciones que bien podrían haber inspirado el final de la película El Señor de la Guerra. En 2017, «un ex alto funcionario de la Casa Blanca» informó de que Alexander Acosta, el fiscal federal del distrito sur de Florida que había llevado el caso penal de Epstein en 2008 (primera vez que fue detenido), había declarado que: «Me dijeron que Epstein 'pertenecía a Inteligencia' y que 'lo dejara en paz'», y que Epstein estaba «por encima de sus responsabilidades».
Todo esto es circunstancial. No hay pruebas de nada y dudo que las haya con Trump o sin él en la Casa Blanca pues estas cosas salpican a tanta gente que es políticamente más sensato dejarlas estar. Lo que a mí me interesa de este caso es que es una prueba lo más fehaciente posible de que la realidad supera en muchos casos a la ficción y de que personajes como el protagonista de El Señor de la Guerra existen y son -en opinión de nuestros líderes- necesarios para el bienestar del mundo.
Y si aceptamos esto, se abre un escenario en que Bitcoin se convierte en una herramienta necesaria para los gobiernos. Si asumimos que los gobiernos necesitan tapaderas y sistemas para mover dinero entre países de manera que no sea público, si aceptamos que a día de hoy hay cientos de miles de negocios que existen para el único propósito de lavar dinero, quizás todo sería más fácil usando bitcoin. ¿Sería este un uso moralmente aceptable para bitcoin? Para mí no, pero Bitcoin es una herramienta y como tal se usará en la manera que sea menester.
Esto no quiere decir que Bitcoin fuese creado por la NSA o para este propósito. Igual que el dólar no fue creado para convertirse en moneda reserva global. Pero si puede cumplir un fin de mejor manera que el dólar, se acabaría imponiendo en ese uso. Bitcoin es seudónimo y el rastro de transferencias queda para siempre. Pero aún así, me parece un sistema más sencillo de operar de forma secreta que el sistema financiero tradicional sobre el dólar.
Suena oscuro y malamente digerible, pero si la vida de Epstein nos enseña algo es que los gobiernos pueden aceptar trabajar con monstruos para llevar a cabo sus fines.








